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LA VIDA EN EL LÍMITE

Enfrentar los dragones o solo la incertidumbre

Los mapas de la época de los romanos incluían la nota «Aquí hay dragones» sobre aquellas amplias zonas en blanco que aún no se dibujaban para advertir a los exploradores de los riesgos a los que podían exponerse por ser territorios peligrosos, justamente por desconocidos e inexplorados.

Hoy en día, la vida aún nos ofrece un territorio más allá del límite que espera a ser descubierto. Cada quien tendrá una imagen mental diferente y dependerá de lo que haya vivido y experimentado, o no, en el límite que ese territorio sea un lugar inhóspito y salvaje, un territorio desconocido que nos provoca sensaciones y reacciones intensas, o puede ser un lugar que nos despierta el entusiasmo y la curiosidad.

Los seres humanos estamos en un constante proceso dinámico que nos pone cara a cara con nuestros límites y con nuestras posibilidades, al enfrentarnos con lo desconocido y al desafío de aprender algo nuevo. Están primero las vicisitudes cotidianas, ya sea por algún cambio repentino en nuestra agenda diaria, provocado por algún accidente, el olvido o el incumplimiento mío o de alguien más. Están luego los grandes temas, tales como un diagnóstico grave, ya sea personal o de un ser querido, enamorarnos, empezar en un nuevo trabajo o iniciar en un nuevo puesto que implique un reto complejo. Estos eventos podrían presentarse como un trastorno, una crisis, la equivocación o el fracaso en algo importante.

Todas estas situaciones las hemos experimentado muchas veces y a pesar de eso nunca estamos completamente preparados cuando llegan. Cada límite es una nueva experiencia. Fuera de la zona conocida, nuestra emocionalidad puede ser compleja y conflictiva: de la vacilación a la evasión y la huida, del fervor al terror, del miedo a la valentía y de la vergüenza a la vulnerabilidad. En el límite, nuestra hábil mente busca siempre cualquier truco de manual para mantenernos en tierra firme y hacemos de todo y más para trepar y volver al camino; y renunciamos a la enseñanza que sólo puede darse más allá del límite.

Huimos de lo desconocido

Entrar en un sitio nuevo, o iniciar una tarea que percibimos como incierta y compleja, nos ubica justo al límite de nuestra competencia.

Ante cualquier aumento de la tensión, naturalmente recurrimos a lo que sabemos para evitar las sensaciones incómodas que nos provoca estar fuera de la zona de control: utilizamos formas probadas para organizar un grupo, planificar o crear una estructura. Acudimos a las personas con cargos de responsabilidad que puedan restaurar el equilibrio y nos aporten claridad y seguridad, o de lo contrario, las culpamos por no «mostrar liderazgo», o nos desentendemos de esa situación y buscamos otras cosas que ocupen nuestra mente.

¿Por qué está huida?

Miedo a ser incompetente

Cuando estamos en el límite normalmente surge nuestra sensación de incompetencia. Enfrentar la falta de conocimiento puede hacer que nos cuestionemos quiénes somos, nuestras competencias y confianza, nuestro profesionalismo y nuestro poder.

Imaginamos muchas cosas que podrían ocurrir si reconocemos que no sabemos, algunas con base sólida y otras con ninguna. El peligro de que parezca que no hacemos un buen trabajo, de no tener la experiencia necesaria, de no saber lo suficiente es real, podemos perder ventajas, influencia, autoridad o incluso el trabajo. Las consecuencias de no cumplir con nuestras responsabilidades, con nuestros objetivos, siempre están ahí. «Me preocupa perder el respeto si no sé algo. Quiero hacerlo bien. Soy conocido por hacer bien las cosas y por dar respuesta rápida. Corro el riesgo de destruir la reputación de eficiencia que he logrado. La gente confía en mí. Me juego mucho. Me preocupa que, si parezco incompetente, perderé el respeto de la gente. Perderé mi credibilidad. Sin credibilidad no puedo influir en los resultados».

Lo desconocido asusta porque nos expone ante nuestra propia fragilidad, después de todo no somos infalibles. Dentro de la zona de confort nos creemos llenos de control y voluntad al lidiar con situaciones y problemas que conocemos y con preguntas cuya respuesta sabemos. Nuestro papel en la vida, tanto formal como informal, nos protege de lo desconocido.

Con los roles que asumimos formamos una capa protectora tras la cual podemos escondernos para evitar sentirnos vulnerables por No Saber; con la capa podemos aparentar que sabemos cuándo los demás se acercan en busca de respuesta. Todas las estructuras y los procesos que nos rodean, las listas y los planes que creamos, nos dan la impresión de orden, control y seguridad; este hábito con el tiempo nos lleva a construir un personaje y nos convertimos en él.

Nuestra incompetencia nos hace vulnerables. Admitir No Saber puede restarte autoridad porque supone una pérdida de poder y de control, que a su vez te lleva a experimentar vergüenza ante tus limitaciones.

La vergüenza por creer «Me equivoqué», provoca que nuestra identidad más profunda se vea amenazada, no sólo por nuestros actos. Brené Brown, define vergüenza como «La sensación o experiencia de intenso dolor que provoca ver que tenemos fallos y que, por tanto, no nos merecemos que nos quieran y nos valoren».[i] La vergüenza provoca también sensación de aislamiento, porque queremos alejarnos de la gente y de la situación que nos hace sentir así.

El crítico interior aparece en el límite; como si fuera la voz de la lógica y la razón, nos hace dudar de nuestra capacidad para hacer algo, y nos reprime.

Reacciones en el límite

Contamos con muchos mecanismos para evitar lo desconocido. Ante algo que no entendemos, imprevisto o inexplicable, asumimos diversas conductas, que podríamos englobar en los siguientes comportamientos: búsqueda de control; pasividad y abandono; sobre análisis; pensamiento catastrófico; entrar en acción para estar ocupados o aplicamos soluciones rápidas a modo de resistencia.

Todos son formas normales y generalmente inconscientes de superar la incomodidad que experimentamos en el límite, resultado de nuestros instintos de supervivencia.

La religiosa budista, Pema Chödrön, llama a la experiencia que se vive en el límite como «sin fundamento». Es como si nos sacaran la alfombra de los pies, sin nada sólido en que apoyarnos, podemos sentirnos desorientados, confusos o incluso aterrorizados o con sensación de pánico.

Revisemos cada una de las conductas:

  1. Control:

Los sentimientos de dominio, voluntad, autonomía y control son importantes y están directamente relacionados con nuestra sensación de bienestar.

Ellen Langer[ii], en su investigación sobre la «ilusión de control», encontró que nuestra tendencia a creer que podemos controlar los resultados, o influir en ellos, se reafirma en situaciones estresantes y competitivas. Cuando las cosas cambian y todo es aún más impredecible, los niveles de estrés se incrementan y es entonces cuando queremos aliviar nuestra sensación de impotencia. El control surge como un mecanismo de defensa, un antídoto contra el No Saber, un indicio de seguridad. Podemos tensarnos, encerrarnos, o podemos ejercer poder, ser tajantes y autoritarios. Nuestro lenguaje cambia: «apretamos los tornillos» o «no dejamos cabos sueltos».

Pema Chödrön dice que todos tenemos una tendencia natural a buscar «conseguir seguridad y ganar algo de terreno». Ella lo denomina shenpa, una palabra tibetana que significa «apego». El shenpa es como tener una «cualidad visceral centrada en aferrarse o, por el contrario, en apartarse […]. Es ese sentimiento tan arraigado, de tensarse o encerrarse en sí mismo o de querer abandonar, que experimentamos cuando nos sentimos incómodos con lo que está pasando».[iii]

Ante la presión, pretendemos controlar las cosas con rutinas, estructuras y normas familiares. Las también crean estructuras artificiales para dar la ilusión de control.

  1. Pasividad y derrotismo

Alejarnos de nuestros sentimientos y aislarnos en nuestra preocupación o en nuestra depresión, es una de las reacciones básicas que tenemos cuando nos enfrentamos a la sensación de estar sin fundamento. El problema nos parece terrible y no sabemos qué hacer o cómo superarlo; escapamos de lo que de lo que nos asusta. La mezcla de sensaciones y reacciones de incomodidad es muy fuerte y podemos caer fácilmente en la desesperación.

  1. Parálisis del análisis

A menudo, ante una situación compleja, intentamos analizarla y obtener más información. Pensamos que nuestra dificultad para resolver un problema se debe a la falta de conocimiento y que podemos ser capaces de dar con la respuesta sólo si leemos más, investigamos más y somos mejores en nuestros trabajos. La dificultad de este planteamiento es que podríamos no llegar nunca al fondo del desafío. El riesgo es que, cuando termines el análisis, el problema cambie de forma, se arraigue o sencillamente desaparezca.

El sobre análisis es una forma de posponer las cosas y evitar hacer algo.

  1. Pensamiento catastrófico

El pensamiento catastrófico consiste en exagerar las consecuencias de un problema y dar por sentado que el «peor de los escenarios» de lo que podría ir mal, irá mal.  No sólo nos disgusta la experiencia, sino que pensamos que no somos capaces de superarla ni de hacer nada por cambiarla.

  1. Pasar a la acción

Decidir puede prometer una gratificación inmediata. La oleada de alivio que sentimos tras tomar una decisión se puede comparar a una cucharada de azúcar; en un primer momento, nos impulsa hacia arriba, pero al final puede llevarnos más «abajo» de lo que estábamos cuando empezamos. Muchos trabajos tienen una tolerancia baja a la incertidumbre; así tendemos a racionalizar el problema y a reducir, con respuestas superficiales, la incomodidad que nos causa No Saber. Agobiados por la perspectiva de parecer incompetentes, sucumbimos a la presión de actuar ya.

Entrar en acción nos hace parecer competentes en nuestra área de conocimiento.

  1. Resistencia

Rechazamos el presente como reacción al cambio o a la pérdida que se asocia al cambio. Podría ser que nos resistimos a algo que es desagradable o negativo, algo que nos da miedo, que nos disgusta o que es demasiado difícil de ver.

Cambiar siempre implica pérdida. Hacemos todo lo posible para evitar la pérdida, incluso aunque eso signifique que podemos perder lo que siempre hemos soñado.

¿Qué hacemos con los dragones?

Carol Dweck, en su libro Mindset, expone uno de los descubrimientos más sorprendentes de su investigación: para lograr éxito, la mentalidad es mucho más importante que la capacidad.[iv] El mindset es lo que nos decimos nosotros mismos sobre nuestra inteligencia, nuestra capacidad de aprender, nuestra personalidad y nuestros talentos; y determina si nos aferramos a lo que sabemos o nos adentramos en lo desconocido y desarrollamos nuevos talentos. Dweck distingue dos mentalidades básicas:

  • Mentalidad fija, que nos lleva a creer que nuestra inteligencia y cualidades vienen determinados al nacer, están en nuestros genes, en nuestras circunstancias culturales o en cómo nos han educado. Aquí, podemos mejorar aunque es difícil que logremos cambiar mucho.
  • Mentalidad de crecimiento, es aquella en la que creemos que, aunque tenemos un punto de partida con unas cualidades y una inteligencia natural, podemos desarrollarnos, cultivar nuestras cualidades y mejorar nuestros talentos con práctica y disciplina para lograr nuestros objetivos.

Contar con una mentalidad fija o una de crecimiento tiene implicaciones importantes en las elecciones que hacemos, en nuestra conducta y, por tanto, en los resultados que obtenemos. Aquellos con mentalidad fija necesitarán constantemente demostrar su capacidad, hacer lo que sea para evitar lo que no saben. Todas las situaciones se evalúan en función de un resultado dicotómico: «¿Tendré éxito o fracasaré?», «¿Ganaré o un perderé?».

Con mentalidad fija evitaremos las tareas en las que pensamos que no somos muy buenos. Cuando intentamos algo por primera vez, queremos que sea perfecto, y si tenemos alguna carencia, naturalmente, buscamos esconderla, preferiremos rodearnos de personas que nos hagan parecer mejores.

Una mentalidad fija es un obstáculo esencial cuando se está en el límite. Nos impide abrirnos y experimentar cosas nuevas.

LA LLAMADA PARA CRUZAR EL LÍMITE

¿Alguna vez has sentido que de lo más profundo de tu ser emergía un murmullo de insatisfacción frente a lo establecido? Joseph Campbell describe esta sensación de anhelo como una «llamada», es el momento en el que nos damos cuenta de que la vida no puede seguir siendo igual. Tanto si nos gusta o no, iniciar el cambio nos obliga a cruzar el límite hacia lo desconocido.

Tomar consciencia de nuestras reacciones en el límite, nos permitirá escoger voluntariamente, cultivar nuevas habilidades y capacidades como formas funcionales de jugar en el límite. El proceso de aprendizaje seguramente nos llevará a practicar y practicar las nuevas estrategias para garantizar que, cuando nos invada la sensación de malestar, no regresemos a los viejos hábitos, sino que nos mantengamos abiertos a las múltiples posibilidades que hay detrás en enfrentar los dragones de incertidumbre.

[i] BROWN, Brown, 2012, Osar: cómo el valor de ser vulnerable transforma la forma en que vivimos, amamos, somos padres y lideramos, Gotham.

[ii] LANGER, Ellen, 1975, «La ilusión de control», (Revista de Personalidad y Psicología social).

[iii] CHÖDRÖN, Prema, 2003, Comodidad en la incertidumbre: 108 enseñanzas sobre cómo cultivar la valentía y compasión, Shambhala Publications.

[iv] DWECK, Carol, 2007, Mindset, Ballantine Books.

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